Archivo para agosto 2009

COSAS QUE UNO VE POR AHÍ…

agosto 29, 2009

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LIBROS DE AUTOAYUDA

agosto 15, 2009

 Los libros de autoayuda se venden como rosquillas. Se ve que la gente necesita que le echen un cable. Como literatura, pertenecen al género tunante. Me explico: un rufián que no te conoce de nada, que ni siquiera sabe cuál es la salud de tu cuenta corriente, te explica lo que va mal con tu vida. Y lo mejor es que esa receta te vale a ti, pero también a tu vecino, que es un señor de Jaén con bigote.

Este verano les he estado echando un vistazo y creo que para que esos libros fueran de verdadera ayuda tendrían que venir con un cheque al portador de unos 300.000 euros.

El concepto es genial. En un mundo donde millones de personas quieren algo que aritméticamente es imposible para todos (sexo, dinero, amor, triunfo, felicidad), estos textos representan un consuelo. Jamás ponen el dedo en la llaga. No dicen que la empresa para la que trabajas se ha especializado en expulsar el talento, o que hay jefes tan mediocres que una ameba a su lado podría tener opciones de ganar el Nobel. Nunca echan la culpa a la sociedad, ni a las heces humanas con carnet de identidad que te rodean. La culpa es tuya, jolines, que no te adaptas al hermoso fluir del universo.

El libro de autoayuda jamás te da cera. Suelen ser 20 euros a cambio de un poco de peloteo. El autor (un hindú, un brasileño, o cualquier otro listillo exótico) te recuerda que como ser humano tú eres valioso. No solo para Hacienda, o para las cadenas de televisión. Sino valioso per se. Como criatura divina. Como trozo de carne con ojos. Tú lo vales. Uno paga para que un manual te diga lo que tus amigos y tu familia nunca te dicen. Quizás porque pasan demasiado tiempo enganchados al Ipod. O porque, seamos sinceros, tu vida no les interesa un pimiento. Vamos, que esa señora del sofá puede ser tu madre, pero tú le aburres mogollón.

Casi todos los libros de autoayuda se suelen resumir en este mantra: vive al día. Algo que los españoles sabemos hacer muy bien de manera espontánea. Vivir al día es lo que hacen las abejas y los caballos. También es lo que hacen las personas que viven en Eritrea, o en Guatemala. Así que la solución para el hombre angustiado pasa por descender un peldaño en la escala evolutiva. No pensar, dejarse llevar. Aproximarse mucho al estado de conciencia de una Belén Esteban en la costa del Azar.

Vive al día, que la hipoteca se paga sola. No te preocupes. Déjate fluir. Ocúpate del presente sin soñar en el mañana. Si el hombre primitivo hubiera leído un libro de autoayuda habría dejado de guardar grano para las malas épocas. Se habría sentado en un banco a comer pipas. La evolución se habría ido al traste y hoy no tendríamos ni piscina ni TDT.

Ahora, cosas de la vida, la crisis ha hecho que millones de personas en todo el mundo tengan que vivir al día. Según los libros de autoayuda, deberían encontrarse en el éxtasis. Por eso no me explico a qué viene tanto malestar.

HAGÁSELO USTED MISMO

agosto 13, 2009

Vivimos en un sistema tan sorprendente como divertido. Hace algunos años, un listo decidió eliminar empleos en los supermercados. ¿Cómo? Haciendo que el cliente reemplazara al mozo de almacén. La operación era sencilla. El mismo tío que venía a dejarse la pasta comprando comida era el que la buscaba por los pasillos y el que llenaba su carrito. ¿Imbécil? No, nueva denominación de cliente.

El sistema era tan perfecto como perverso. Al llegar a la caja registradora, el individuo  adoptaba de manera inconsciente las técnicas de la cadena de montaje de Ford, se ponía a llenar bolsas como un loco, y los tipos que hacían cola detrás de él se convertían automáticamente en sus capataces. Mediante miradas severas, o chasquidos de lengua reprobando su lentitud, hacían que el proceso de pago fuera rápido y eficaz. Y además, gratis. Lo maravilloso de todo es que esa espontánea relación capataz-esclavo se esfumaba en cuanto el comprador salía renqueando con sus bolsas.

Desde entonces, muchos han copiado la técnica. El hágaselo usted mismo…, que yo le voy cobrando, se ha extendido como la pólvora.  Se aplica a los muebles, a las fotocopias, a los viajes –con las agencias por internet-, a los restaurantes de buffet abierto donde uno se pone el plato, se lo cocina y no acaba lavando los cacharros de puro milagro. Aunque todo llegará…

 Yo, siempre que puedo, evito ese tipo de negocios donde uno es cliente y currante al mismo tiempo. Prefiero que las cosas me las hagan. Me siento bien cuando alguien me monta un mueble. Me digo: “mira qué bien lo hace”. En cambio, cuando lo hago yo, me siento gilipollas. Me vienen ideas extrañas. Me pongo triste y empiezo a pensar que debería haber estudiado carpintería. Que desperdicié mi vida al dedicar tan poca atención al bricolaje y tanta a la masturbación.

 El “hágaselo usted mismo” parte de un presupuesto optimista. Rousseau pensaba que el hombre era bueno por naturaleza. El dueño de IKEA cree que el hombre, además de buena persona, es también buen carpintero. Tanto Rousseau como el dueño de IKEA creen que todos somos igual de hábiles y despiertos. Si has oído a ZP hablando inglés sabes que eso es falso.

 El 90% de la población es incapaz de instalar un ADSL. Sin embargo, te insisten y te insisten para que lo intentes, como si no tuviéramos bastante con atarnos los zapatos y cruzar un semáforo sin que nos pillen. Como si fueramos capaces de hacer tanto.

 Por desgracia, la cosa va a más. Ya no basta con el reto de ser autónomo. Ahora tienes que enfrentarte a multitud de maquinitas que te quieren cobrar, a robots telefónicos que te hacen sentir oligofrénico, a la puñetera cinta de la caja registradora que debes despejar en un minuto veinte segundos. Todo sin ayuda. It´s fun. Y las pruebas no acaban ahí. Vamos hacia un mundo en que tendremos que enfrentarnos con nuestra propia torpeza a cada rato. Así un día y otro. Un día y otro. Do it yourself.  Hagáselo usted mismo hasta que su autoestima reviente.

CONOCER A TU PUBLICO

agosto 9, 2009

Durante una semana, he tenido cerca de casa las fiestas de San Cayetano. Ya sabéis, una tómbola trucada, una caseta de tiro, un chiringuito especializado en la carbonización de los alimentos y una orquesta de mucho chimpún. Son unas fiestas castizas, donde los vecinos más mayores se visten de chulapos. Pero mi barrio está lleno de gafapastas que arquean las cejas al toparse con un lodazal populachero. Aunque la gente se lo ha pasado bien, el gafapastismo ilustrado no se ha dejado ver. Es algo triste, porque indica que hay una brecha entre dos generaciones. Las boutiques de Chueca tienen más tirón que el traje de chulapa. Los recuerdos sobre el arte del chotis se perderán como lágrimas en la lluvia.

Confieso que tengo debilidad por este tipo de fiestas. Se aprende mucho. Por ejemplo, el dueño de la tómbola buscaba atraer al personal con lo último en gadgets electrónicos. Golosinas para cualquier gafapasta, pero veneno para las abuelas y los jubilados que habrían preferido la clásica olla Express o un medidor electrónico para la tensión.

 Si el encargado de la tómbola se ha pegado un severo castañazo por no conocer a su público, algo similar ha ocurrido con la caseta de tiro. En principio, su oferta de regalos tenía un sabor más tradicional. Un peluche, una cartera y una botellita de minibar. Nada de cachivaches tecnológicos. Pero quizás demasiado poco para atraer cada año a los abueletes. Es lo que tiene ofrecer los mismos regalos desde 1980.

El más listo ha sido sin duda el dueño del chiringuito. Pensando que iba a establecerse en La Latina durante una semana, podría haberse dejado llevar por el mismo error que el dueño de la tómbola. En lugar de chistorra, gallinejas, pulpo y pinchito moruno, podría haberle dado por ofrecer ensaladas con nueces, smoothys y bizcochos ecológicos. Pero el tipo sabe que no dirige un Starbucks. Y que a su clientela le mola la grasilla. También sabe que cualquier atisbo de higiene podría haber sido considerado como sospechoso por parte de su público. Así que el aroma a aceite recalentado ha llenado la brisa nocturna, y yo me he dormido satisfecho, sabiendo que por fin la oferta y la demanda se daban la mano.

LA ECONOMIA DE LA ATENCIÓN

agosto 8, 2009

Estoy de acuerdo con Seinfield. La blackberry nos controla.  Pero también hay que decir que los gadgets (el I-Phone, la WiII, el mp4…) son más interesantes que muchas personas que conozco. Seamos sinceros. El ser humano no es para tanto. A la mayoría nos faltan puertos periféricos y la capacidad de discurrir a 1 Giga.

Cuando yo era más adolescente tenías que competir con otros tíos para que una tía te hiciera caso. Si eras feo, no quedaba otra que ser más ocurrente que la competencia. Hoy hay que ser más ocurrente que la competencia y más entretenido que el Tetris. Y no creáis que es tan fácil.

 Lo cierto es que vivimos en la economía de la atención. Una gran oferta de distracciones para un tiempo limitado. Ahora personas y máquinas compiten para que les dediquemos unos minutos. Las historietas de tu abuelo son una porquería si lo comparas con la Noria. Y si tu bebé da sus primeros pasos, ya puede currárselo mucho, hacer cabriolas y cucamonas espectaculares, para que le mires a él y no al funeral de Michael Jackson. He visto a padres perderse el parto de su mujer porque les parecía más emocionante participar en un foro de Perdidos.

 Subir vídeos a Facebook es mejor que subir a ver a tu madre. Siempre hay un programa, un juego, una red social que entretiene y produce más adicción que tu compañía. Esos tipos que cuentan chistes que producen bostezos lo tienen chungo. O espabilan, y dan un curso de oratoria con Obama, o sus oyentes se marcharán a buscar algo mejor en Google. No soy optimista. Creo que los gadgets nos ganarán la partida. Este verano he visto a magníficos escotes fracasar ante la llegada de un buen SMS.

SEINFIELD Y LAS BLACKBERRYS

agosto 7, 2009

UN MUNDO SIN PERIODISTAS

agosto 6, 2009

Voy a decir una boutade. Una de las mejores cosas de agosto es que no hay periodistas. En realidad, no hay nadie. Ni mecánicos, ni dentistas ni pensadores. Pero el alivio mediático, la delgadez de los periódicos, esa sensación de vivir en un mundo chorra debería hacerse extensible a todo el año. Como buenos masoquistas soportamos la presión, ese thriller continuo de las noticias, el peligro del fin del mundo, hasta que los tipos deciden tomarse un mes de vacaciones. Entonces, buscando su propio beneficio (sus vacaciones), liberan de estrés al personal. Siguen ocurriendo cosas, pero lo que mola es la Tomatina de Buñol.

Si podemos pasar un mes sin noticias, ¿por qué no doce? En Septiembre, el mundo será de nuevo una magnífica factoría de desgracias. Que  los periodistas descansen significa que todo es un juego, que vivimos en un mundo de ficciones. Y que agosto es como la pausa de los anuncios para ir a hacer pipí.